Encontrar la palabra perfecta, el silencio adecuado,
la canción esperada y luego de un respiro sentir,
sentir el latir de tu vida perdida tras el abandono de tu libertad,
y quedar desconsolada, al no entender el curso del destino y su debida naturaleza.
El pecado ensimismado inerte pero a punto de ser elaborado,
la paciencia misma y la lucha constante de tratar de percibir con la razón lo sensible e impalpable,
de medir lo que no puedes determinar, sólo por miedo a hacerte escuchar
y provocar en ti lo que deseas pero no es correcto.
Pero qué es lo correcto sino el impulso que mueve el alma y maneja tu cuerpo,
que te quita la calma pero calma tu ansia salvándote de no caer sobre la yaga ajena y la sangre tuya.
Limitada, limitada por lo que mi cuerpo me ayude a expresar
y amarrada sólo a lo que mis manos puedan escribir, nada más que sílabas,
sílabas que juntas pretenden descubrir su propia libertad,
pero que solas no significan más que simples gotas de un río
en donde su cauce es la causa de lo impuesto por quien llegó primero.
Abandonada por mis propios suspiros, sometida a lo que todos quieren ver
y perdida dentro de mi enredo colateral que busca angustiar mi silencio y alejarme.